Hace ya varios años que me interesa  la relación empresa-sociedad, sus potencialidades, sus retos y también sus contradicciones. He aterrizado este interés aproximándome a las formas de economía social, a la responsabilidad social empresarial, y a los negocios inclusivos. Todos estos me parecen campos muy interesantes, que pueden ser puertas de entrada para aprender sobre la forma en que está organizado el mundo, tanto económica como socialmente. Una de las grandes certezas que tengo grabadas como resultado de interesarme por este tema es que quienes  desean tomar decisiones con un criterio de sustentabilidad y responsabilidad social (actores individuales y colectivos)  se enfrentan a un proceso complejo en que deben considerar y analizar un gran número de variables. No hay recetas mágicas, no hay una serie inequívoca de pasos; lo más que se puede conseguir son lineamientos que abarquen un grupo de variables y consideren en conjunto una serie de procesos.

Este artículo de Clemente Alvarez presenta en un caso concreto esta situación. Cuenta el destino que tienen los teléfonos móviles en Europa: los que se entregan para ser reciclados y los que se entregan para ser reutilizados. A priori, y desde el sentido común,  uno pensaría que sería socialmente responsable tomar cualquiera de esas dos opciones; al reciclar estaríamos contribuyendo a que se usen menos materiales, y al reutilizar se facilitaría que otras personas (de menores recursos) pudieran acceder a ciertos productos.

Clemente indica en su artículo que en el reciclaje se separan y desintegran todos los componentes del móvil, con lo cual se obtienen concentrados de cobre, hierro, aluminio y / o latón que  pueden ser aprovechados en siderurgias o acerías.  Tambien se obtienen una mezcla de plásticos diferentes, que al no ser rentable separar, son incinerados o usados como combustible en alguna cementera.  El material mas  delicado es la batería (de níquel-cadmio, níquel-hidruro metálico o Litio-ion), que es un residuo peligroso, y requiere tratamientos especiales para que no contamine. En resumen, el proceso de reciclaje tiene también costos ambientales, que resultan de las materias primas que se emplean para la producción. Su tratamiento requiere de ciertas tecnologías que pueden no estar disponibles en países “en desarrollo” o ser demasiado caras.

En el caso de los móviles que se entregan para ser reutilizados, para el caso español, son enviados a países de África, a China e India. Allí son vendidos (algunos pasando por un proceso previo de reparación) a un precio menor a comunidades de bajos ingresos.  La cuestión que se plantea en esta opción es si esta reutilización no implica una traspaso de la basura electrónica a países mas pobres. Clemente recupera una preocupación de GreenPeace España, que indica: “Está muy bien reutilizar, pero lo que se está mandando para allá tiene una vida media menor que un teléfono nuevo y esto hace que se generen residuos a mucha mayor velocidad”.

Me parece que este caso concreto ilustra una situación general. Las dimensiones del accionar responsable son mucho mayores de lo que cada uno de nosotros puede ver individualmente, desde su espacio de acción particular. Elegir una cosa u otra debería pasar por una reflexión (profunda o no, depende de cada uno), de los impactos que tienen nuestras acciones, y del escenario mayor en que se insertan. No sería del todo responsable simplemente decir: ya reciclé, sin prestar atención al resto de la cadena de acontecimientos que tienen que ver con esa acción de reciclar.

Es claro que las dinámicas empresariales nos exigen tomar decisiones en situaciones de incertidumbre, sin tener, a veces, la información necesaria.   Sin embargo, esforzarse por ver el cuadro completo, debería ser un criterio fundamental en la toma de decisiones responsables.

Conectando la academia con los practitioners en la intersección entre empresa y sociedad.

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