“Hi, my name is Jenny, and I am a first-year Ph.D Student in Rural Sociology & Sustainability”.

Esa es una línea que repito en muchas reuniones desde agosto de 2018 cuando inicié mis estudios doctorales en Estados Unidos. Hoy estoy casi en la mitad del segundo semestre del primer año, y siento que al fin estoy empezando a destilar las reflexiones que este proceso está significando para mí.

Por ahora la mejor forma en la que puedo describir esta experiencia es ésta: estudiar un doctorado es como estar continuamente en una montaña rusa (roller coaster dirían los amigos norteamericanos). Experimento una profunda alegría con lo que leo, lo que aprendo, con las conversaciones y discusiones que tenemos en los seminarios, con las reflexiones que construimos colectivamente, con las preguntas que anidan en mi cabeza para abordar mis temas de siempre y los nuevos temas que capturan mi atención. Esta alegría viene de tener el tiempo de poder hacer esto de forma ordenada, sistemática y continua.

Llevaba varios años trabajando en proyectos simultáneos; luego de esa dinámica de movimiento constante, de estar inmersa en el mundo de la urgencia, tener tiempo para estudiar es un regalo. Sin embargo, no es un regalo gratuito, se enmarca en los propios ritmos, rituales y expectativas de la academia, que son exigentes y demandantes en tiempo y energía.

En otros momentos, aparece el desasosiego. Este es un camino de mediano plazo que exige una intensa dedicación de tiempo al “mundo de las ideas”, de lo abstracto, a la comprensión teórica y al entrenamiento metódico. Aún cuando hago parte de un programa de ciencias sociales aplicadas y nuestros temas de interés y estudio son los desafíos de sostenibilidad del mundo, con frecuencia la pregunta por la práctica aparece.

 ¿Qué estoy haciendo para contribuir a los problemas de hoy que demandan acción urgente e inmediata?  

¿Es suficiente con lo que hago hoy?

¿Vale la pena estudiar tanto cuando, como diría la activista juvenil Greta Thunberg nuestra casa está en llamas?  

En días como hoy creo que sí, que vale la pena; hay que hacer que valga la pena.

En mi caso personal, decidí presentarme a un doctorado con la intención de aprender más de temas que conozco superficialmente, enterarme de otros asuntos que me interesan y desconozco completamente, pero, sobre todo, para profundizar en el tema que siempre me ha interesado la interacción entre economía, empresa y sostenibilidad.  Quería, y sigo queriendo, aprender de todo esto para incidir de mejor forma en procesos aplicados de transformación social. El doctorado es un paso en mi camino para servir mejor. ¿Debería ser el de todos? No. La inversión de vida que demanda es alta, y hay que estar seguro que para uno ésta inversión vale la pena.

¿Por qué usted quiere hacer un doctorado? Esta pregunta me la hicieron hace más de un año en la entrevista del proceso de selección de la Beca Fulbright. Usualmente quienes estudian un doctorado van a trabajar a tiempo completo en la Universidad, que se convierte en su arena de servicio. Si bien disfruto dar clase, estar a tiempo completo en la universidad no es necesariamente mi intención. Yo reconozco la importancia del rigor en los métodos, de la investigación juiciosa y bien hecha, del pensamiento crítico. Mucho de ello se cultiva en este tipo de estudios. También reconozco el valor que este tipo de rigor puede aportar a la vida de organizaciones y proyectos no académicos. Así que luego de casi 9 años de trabajo en consultoría decidí estudiar un doctorado para así cumplir mejor mi rol como “knowledge broker”. Esta es la expresión que quizá mejor define lo que hago, o lo que quiero hacer.

Estoy convencida que los tiempos actuales necesitan de más personas creando puentes entre la academia y el sector social, empresarial y público. Yo espero seguir siendo una de ellas, por eso al mismo tiempo que adelanto mi formación doctoral continúo colaborando con organizaciones en proyectos aplicados relacionados con Objetivos de Desarrollo Sostenible, negocios inclusivos y verdes. Esta conexión constante me asegura la posibilidad de tomarle el pulso a las dinámicas de la vida social, y de alimentar mi participación con lo que aprendo y reflexiono en la academia.

Conectando la academia con los practitioners en la intersección entre empresa y sociedad.

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